Láminas, candados, huelgas y el dilema de una profesión que pasó de la tiza a la inteligencia artificial. La historia de una docente que defendió su autonomía y la dignidad colectiva frente al olvido estatal.
Por: Ulises Soriano.
El nombre de una persona puede ser un presagio o una trinchera.
Para Libertad Alvarado Flores, de 62 años, ha sido ambas cosas. Su madre Mercedes, solía decir, entre la resignación y el orgullo, que se había equivocado al nombrarla: «Esta hace honor a su nombre; es demasiado libre». Lo decía porque Libertad nunca aprendió a regresar temprano si una compañera de trabajo necesitaba apoyo, ni a agachar la cabeza cuando un superior confundía la autoridad con la tiranía. Hoy, tras haber ejercido la docencia durante 42 años consecutivos en el departamento de Usulután, Libertad camina por el distrito de Jucuapa con la certeza de quien ha convertido su nombre en un método pedagógico.
Su historia comenzó en 1983. En aquel entonces, con apenas 20 años y el título fresco de bachiller pedagógico, la joven maestra aceptó su primer destino: la Escuela Rural Mixta del Cantón El Níspero. No había un edificio de concreto, ni pupitres relucientes, ni ventanas. La escuela era una «champa» estructura precaria de láminas oxidadas que albergaba apenas tres grados —primero, segundo y tercero— atendidos por un puñado de tres o cuatro docentes. La pobreza no se ocultaba; caminaba descalza. Los niños llegaban sin zapatos, con los estómagos vacíos, desafiando la desnutrición en una zona rural que pronto se convertiría en uno de los tantos escenarios del conflicto armado salvadoreño.
«Para la gente de la zona rural, el maestro era lo mejor que tenían en su comunidad», recuerda Libertad, y en sus ojos se dibuja la nostalgia de un saludo que el tiempo parece haber borrado: «Bendito maestra», le decían los padres de familia al verla pasar. En medio de las carencias, Libertad descubrió que ser docente implicaba una metamorfosis constante: ser médico, psicóloga, trabajadora social, padre y madre. Junto a la comunidad, amasó barro y levantó una cocina de adobe para que los niños tuvieran un plato de comida caliente gracias a los programas de ayuda internacional de la época, como USAID. Luego, haciendo gala de una temprana e innata capacidad de gestión, convenció a una familia local —la familia Granada, a quienes recuerda con nombres propios: la niña Alicia y don Esteban— para que donaran un terreno. Viajó constantemente a San Miguel, tocó puertas en la Comisión Nacional Restauradora de Áreas (CONARA) y no descansó hasta ver construidas seis aulas de concreto. Dejó el legado material listo, pero la guerra civil la obligó a retirarse de la comunidad.

El traslado la llevó a la Escuela Parvularia Nacional de Jucuapa. El cambio de las aulas rurales al bullicio de la primera infancia no mermó su espíritu combativo; al contrario, lo radicalizó. Libertad descubrió en los niños pequeños su verdadera especialidad, pero también encontró que el espacio físico asignado era insuficiente. Cuando las autoridades se negaron a cederles un terreno perteneciente a la Escuela Miguel Ángel García, Libertad no dudó: organizó a los padres de familia, se tomó las calles junto a los niños y paralizó el tránsito hasta que el espacio fue otorgado por el Estado.
No fue su única batalla. Durante los años de la postguerra, bajo las administraciones del partido ARENA, el magisterio salvadoreño vivió profundas tensiones laborales. Libertad participó activamente en un paro nacional. La respuesta institucional fue despiadada: la supervisora local ordenó poner candados a las escuelas para impedir que los huelguistas firmaran el libro de asistencia, permitiendo el ingreso únicamente a las maestras que no apoyaban, «Nos revolucionamos», relata Libertad con una sonrisa de victoria. El Ministerio de Educación les aplicó un descuento de 300 colones —una fortuna para su presupuesto de la época—, pero la huelga forzó un aumento salarial para todo el sector. La represalia no tardó en llegar en forma de supervisiones técnicas hostiles y punitivas. En una ocasión, la supervisora intentó aislarla exigiéndole una reunión a solas. La respuesta de Libertad fue tajante: «Con todas, porque somos muchas. Yo sola no me reúno».
Su capacidad organizativa obligó al Ministerio a negociar el traslado de las cinco docentes organizadoras a los centros escolares que ellas mismas eligieran. Fue así como Libertad dio el salto al tercer ciclo de educación básica, enfrentándose a un nuevo ecosistema: la adolescencia. A lo largo de cuatro décadas, Libertad Alvarado vio transformarse la tecnología dentro del aula. Inició manchándose las manos con el polvo de la tiza; pasó por el uso de los plumones en pizarras acrílicas; y fue testigo, durante los gobiernos del FMLN, de la llegada de las computadoras conocidas como «Lempitas» y el programa informático impulsado por la gestión de Erlinda Hándal a través de las aulas informáticas. Más recientemente, presenció la entrega masiva de computadoras y tablets bajo la actual administración.
Sin embargo, su mirada sobre la modernización tecnológica carece de romanticismo técnico y desborda realismo pedagógico. «Es lamentable, porque usted puede tener el equipo, pero si no tiene la persona humana con la voluntad de enseñar, no progresamos», advierte. Recuerda con amargura cómo, en una de sus escuelas, el director utilizaba al maestro de informática exclusivamente para que le realizara sus liquidaciones financieras institucionales, dejando a los docentes sin capacitación. Para Libertad, la tecnología actual es un arma de doble filo: «Hoy, con la Inteligencia Artificial, prácticamente todo está ahí. Pero los alumnos no saben redactar un párrafo, solo saben copiar y pegar. Dejan las máquinas encendidas pasando las páginas de los libros digitales para cumplir con la obligación, pero no hay comprensión, no hay motivación, se ha perdido la capacidad de análisis y de lectura».
Cuando se le pregunta por los momentos que definieron su carrera, Libertad no habla de planes de estudio o de metodologías abstractas; habla de seres humanos con nombres y realidades complejas. Así, habla de Joan, un niño con autismo por el que se obligó a pasar noches en vela buscando enlaces de capacitación desde Perú para entender cómo mantenerlo estable y participativo en clase, logrando lo que otros docentes daban por perdido. Habla también de unas adolescentes en el tercer ciclo que recurrían a la laceración física (se cortaban las muñecas de las manos) como escape emocional, un fenómeno que la llevó a devorar libros de psicología para poder acompañarlas y salvarles la vida.
Su aula del tercer ciclo tenía una particularidad: la inmensa mayoría de sus estudiantes eran mujeres, debido a que las madres de la zona rural la buscaban específicamente a ella para inscribir a sus hijas, reconociendo su labor social e integral. Libertad invertía mensualmente entre 100 y 150 dólares de su propio salario para embellecer su aula, pintarla, decorarla y comprar materiales didácticos que el presupuesto escolar jamás cubría. De sus fondos personales pagaba las celebraciones del Día del Niño, de la Niña y la Navidad.
Esa entrega se tradujo en una red de gratitud que hoy cosecha en los pasillos de los hospitales y clínicas de El Salvador. Desde un cardiólogo que atiende a su hermana hasta un ortopedista en San Miguel que intervino a un alumno accidentado, todos la detienen para decirle lo mismo: «Usted fue mi maestra». Incluso sonríe al recordar a Iván, el dueño de una empresa Agua, quien en su infancia «ni escribir sabía y todo lo agarraba a risa», convertido hoy en uno de los empresarios más prósperos del municipio.
El último tramo de su carrera estuvo marcado por el desencanto ante la pérdida de valores comunitarios y la burocratización del sistema. Libertad lamenta la instalación de jefaturas departamentales e institucionales que imponen directrices de forma arbitraria, ignorando las leyes de la carrera docente. Describe con dureza el contraste entre directores transparentes de antaño, como don Nelson Rafael Gómez «quien defendía a los maestros ante los reclamos y rendía cuentas públicas hasta del último centavo», y las nuevas administraciones que «pasan pegadas al teléfono celular, ignorando el saludo de los alumnos y prohibiendo la solidaridad entre compañeros».
«Mi salud mental no valía para estar peleando con una cipota maleducada que cree que tiene todo el poder porque la impusieron», afirma con la contundencia de quien no negocia su dignidad. Tras ser relegada de sus especialidades en ciencias sociales hacia grados para los que no se sentía óptimamente preparada, tomó la decisión de firmar su retiro el 30 de agosto del año pasado.
El Estado salvadoreño, al que le entregó 42 años de servicio, le devolvió una jubilación a través del sistema de AFP que ella califica sin tapujos como «una pensión de hambre»: 340 dólares mensuales. Además, denuncia las irregularidades en el pago de las bonificaciones de retiro, entregadas a cuentagotas. «Nos dan migajas por algo que por ley merecemos. Prácticamente, al Estado ya no le interesamos. Sienten que ya vienen los robots o los teléfonos inteligentes a sustituirnos».
El último día en el Complejo Educativo, una galera frente al mercado de Jucuapa, los niños de primer grado y sus madres lloraron. Le organizaron una despedida espontánea, al margen de la dirección escolar, donde le entregaron un diploma y regalos. Libertad Alvarado Flores se marchó de las aulas de la misma forma en que entró: caminando con la frente alta. Hoy, libre de los timbres escolares y las tensiones del Ministerio de Educación, vive el presente con la serenidad del deber cumplido, sabiendo que dejó sembrada la semilla más peligrosa para cualquier sistema opresor: una generación que aprendió el verdadero significado de la palabra libertad.