Por Óscar Pérez
2 septiembre 2026
El río Las Lágrimas, también conocido como río Frío, no necesita discursos. Necesita que lo dejen vivir.
Es un pequeño afluente que atraviesa comunidades de Zapotitán, en el distrito de Ciudad Arce, y El Tinteral, en el distrito de Coatepeque. En verano apenas alcanza alrededor de un metro de ancho y su profundidad difícilmente supera los diez centímetros. Pero, pese a su fragilidad, durante años albergó peces, cangrejos, ranas, aves y otros animales silvestres. Hoy, buena parte de esa vida ha desaparecido poco a poco.
La razón tiene nombre: extracción de arena.
Lo que comenzó como una actividad aparentemente localizada se ha convertido en una amenaza para el ecosistema de la zona. Se remueve el lecho del río, se destruye el bosque de galería, desaparecen especies, se altera el cauce y disminuyen las fuentes de agua utilizadas por los habitantes de su entorno. Mientras tanto, los camiones siguen llegando sin aparente permiso.
Y aquí aparece la pregunta más incómoda: ¿dónde están las autoridades?
Los vecinos han denunciado. Han llamado al 911. Han acudido a la Policía Nacional Civil, al Ministerio de Medio Ambiente y a las autoridades municipales. Se han colocado rótulos de prohibición. Se han realizado algunas intervenciones. Incluso se han encontrado camiones cuya carga fue devuelta al río por incumplir las condiciones de extracción.
Pero la extracción continúa y el río agoniza.
La respuesta de la Autoridad Salvadoreña del Agua (ASA) debería encender todas las alarmas. Según la información entregada a un ciudadano, esa institución ha recibido 337 denuncias relacionadas con la extracción de arena en el río Las Lágrimas: 260 han sido tramitadas y 77 permanecen pendientes. Más grave aún: la ASA señala que no existen medidas específicas de protección para este río.
¿Puede considerarse normal que un río tan vulnerable acumule cientos de denuncias y continúe sin un esquema específico de protección?
La situación se vuelve todavía más desconcertante cuando se informa que existió un permiso de extracción vigente entre junio de 2025 y junio de 2026, pero que actualmente no se reporta una renovación. Sin embargo, la actividad extractiva continúa. También existen denuncias sobre extracción fuera de las coordenadas autorizadas.
Entonces, ¿quién controla? ¿Quién inspecciona? ¿Quién sanciona? ¿Quién responde? ¿Quién o quiénes protegen al río Las Lágrimas?
Las alcaldías de La Libertad Centro y Santa Ana Este, responsables de los territorios donde se encuentra el río, tampoco pueden limitarse a colocar rótulos o declarar prohibiciones en el papel. Una prohibición que nadie vigila termina siendo una invitación a incumplirla.
Y hay un elemento todavía más delicado: habitantes de la zona aseguran haber recibido amenazas por denunciar. Si una persona tiene miedo de llamar a las autoridades porque teme represalias, el problema dejó de ser exclusivamente ambiental. Se convirtió también en un problema de seguridad y de gobernabilidad.
No corresponde afirmar, sin una investigación, que detrás de los permisos o de la falta de controles exista corrupción. Pero sí corresponde exigir que se investigue cualquier posible irregularidad, que se hagan públicos los permisos, sus titulares, vigencias, coordenadas y condiciones, y que se determine quién está cumpliendo y quién está incumpliendo la ley.
El río Las Lágrimas no es propiedad de los extractores, de las municipalidades ni de ningún funcionario. Es parte del patrimonio natural de todos y todas las salvadoreñas.
Cada camión que extrae arena sin control se lleva algo más que material: se lleva un pedazo del equilibrio de un ecosistema que difícilmente podrá recuperarse.
Las autoridades todavía están a tiempo de actuar. Pero si continúan respondiendo con silencio, trámites y promesas mientras el río se deteriora, algún día las comunidades tendrán que explicar a sus hijos e hijas por qué permitieron que un río llamado Las Lágrimas terminara convertido en un cauce sin vida.
El río ya está dando señales de agonía. Lo que falta saber es cuánto tiempo más tardarán las autoridades en escucharlo.
Oscar Pérez, periodista y comunicador social salvadoreño.