El río Torola está muriendo: una corriente de agua que se apaga entre historia y abandono

Morazán y San Miguel, El Salvador. Durante generaciones, el río Torola ha sido mucho más que una corriente de agua. Ha marcado territorios, comunicado comunidades y acompañado la vida de cientos de familias en el oriente de El Salvador. Hoy, sin embargo, ese río que alguna vez representó abundancia y vida enfrenta señales preocupantes de deterioro.

El Torola recorre cerca de 100 kilómetros por los departamentos de Morazán y San Miguel hasta desembocar en el río Lempa. En parte de su recorrido también marca la frontera con Honduras. Su historia está estrechamente ligada a las comunidades de la zona, al territorio de raíces lencas y a la memoria de la guerra.

Durante décadas, sus habitantes cruzaron sus aguas por vados, cables y otros pasos improvisados. El río fue camino, frontera y punto de encuentro.

Pero también ha sido, y continúa siendo, una fuente fundamental de vida.

Sus aguas, sus zonas termales, sus paisajes y la riqueza natural de su entorno forman parte de la identidad del oriente salvadoreño. Para las comunidades que viven en sus alrededores, el Torola representa mucho más que un paisaje: es parte de su historia y de su relación con el territorio.

Un río bajo presión

Los registros oficiales muestran que los problemas del Torola no son recientes.

El Informe de Calidad del Agua de los Ríos de El Salvador 2022, elaborado por el Ministerio de Medio Ambiente, reportó dos puntos de monitoreo sobre el río Torola. En Cacaopera, antes de la confluencia con el río Sapo, el índice de calidad del agua fue de 53 puntos, clasificado como regular. En otro punto, 300 metros aguas abajo del puente Torola, en Osicala, el índice fue de 44 puntos, clasificado como malo.

El mismo informe registra que ambos puntos no cumplieron los criterios de aptitud establecidos para los usos evaluados.

A estos problemas se suma la presión sobre el caudal. Registros hidrológicos del Ministerio de Medio Ambiente han documentado períodos en los que el Torola presentó reducciones muy importantes respecto de sus promedios históricos. En uno de esos registros, la reducción llegó al 94 % durante julio, con un caudal de apenas 2.38 metros cúbicos por segundo.

La situación revela que la amenaza para el río tiene varias dimensiones: calidad del agua, disponibilidad del recurso, transformación del territorio y presión sobre los ecosistemas que sostienen su caudal.

Mucho más que agua

Hablar del Torola es hablar también de las comunidades que han construido su vida alrededor de él.

Es hablar de caminos que durante años dependieron del río, de familias que aprendieron a convivir con sus crecidas y sus períodos de sequía, de paisajes que forman parte de la memoria colectiva y de un territorio donde la historia de sus habitantes está profundamente ligada al agua.

Por eso, la muerte de un río no ocurre solamente cuando desaparece el agua.

También ocurre cuando disminuye su caudal, cuando se deteriora su calidad, cuando desaparecen especies, cuando las comunidades dejan de utilizar sus aguas y cuando el paisaje que durante generaciones fue parte de la vida cotidiana comienza a transformarse.

El caso del Torola debería ser una señal de alerta sobre la necesidad de proteger las cuencas hidrográficas del oriente salvadoreño.

Salvarlo requiere conocer qué está provocando su deterioro, establecer responsabilidades y adoptar medidas de protección y recuperación que incorporen a las comunidades que históricamente han vivido junto al río.

El Torola es frontera, historia y memoria.

Pero, sobre todo, es una fuente de vida.

Y mientras sus aguas continúan perdiendo fuerza y calidad, la pregunta ya no debería ser solamente qué está pasando con el río, sino qué estamos dispuestos a hacer para evitar que desaparezca.

Por: Prensa Izcanal.

Video: cortesía.